“Amadores del dinero”: avaricia

Escrito el 01/07/2026
IGLESIA CENTECRIV


Consideremos otro de los frutos de este evangelio falso del cristianismo carnal.

Siguiendo la misma línea de pensamiento de que sus afectos son erróneos, enfocaremos la palabra “avaros”, o sea amadores del dinero. Es éste un fruto carnal sobre el cual la Palabra de Dios nos da muchas advertencias por medio de mandamientos y ejemplos.

Fíjate en 6:9, 10: “Porque los que quieren enriquecerse caen en mucha tentación y lazo, y en muchas codicias necias y dañosas, que hunden a los hombres en destrucción y perdición; porque raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores”.

A pesar de estas palabras de advertencia de que el hombre que ama el dinero (cuyo corazón está carcomido por la avaricia) se ha apartado de la fe, el evangelio falso del cristianismo carnal le dice a sus convertidos que este amor al dinero y lo que éste puede comprar es natural. Afirman que todavía son bebés, o sea cristianos carnales, y que todo terminará bien porque han hecho una profesión de fe. Se creen salvos y aun salvos para siempre.

A pesar de la  advertencia de nuestro Señor en Lucas 12:15: “Mirad y guardaos de toda avaricia; porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee”; a pesar de Efesios 5:5 que dice que el hombre avaro es un idólatra que quebranta el segundo y el décimo mandamiento; a pesar de 1 Corintios 6:10 que dice que el avaro no heredará el reino de Dios; y a pesar de todas estas advertencias contra la avaricia y el amor al dinero, este evangelio falso sigue enseñando a sus seguidores que ellos son hijos del Rey, y que los hijos del Rey deben tenerlo todo.

Los efectos de la condenación.

Consideremos más a fondo el efecto de la condenación del fruto de esta doctrina falsa del cristianismo carnal. La palabra griega para avaricia (o codicia) es muy descriptiva: significa desear más, ¡siempre querer tener más y todavía más! Es como el sediento que, queriendo saciar su sed, bebe agua salada porque es la única que hay. Esta le da más sed, por lo que sigue tomando más y más hasta que la sed termina por causarle la muerte. Es un deseo desenfrenado de obtener más y más y más, hasta que la avaricia le causa la muerte al alma del hombre porque se encuentra bajo la condenación eterna de Dios.

Es como dice Proverbios 27:20: “El Seol y el Abadón [el infierno y la destrucción] nunca se sacian; así los ojos del hombre nunca están satisfechos”. ¡Qué pecado! ¡Oh, mi amigo, es un pecado muy arraigado en el alma: nunca está satisfecha! ¡La avaricia la condena al infierno!

Además vemos que este fruto —la codicia o avaricia, el amor al dinero— es engañoso. El Señor nos advierte por medio de una parábola en Lucas 12:16-21 sobre un hombre rico carcomido por este pecado.

“La heredad de un hombre rico había producido mucho. Y él pensaba dentro de sí, diciendo: ¿Qué haré, porque no tengo donde guardar mis frutos? Y dijo: esto haré: derribaré mis graneros, y los edificaré mayores, y allí guardaré todos mis frutos y mis bienes; y diré a mi alma: Alma, muchos bienes tienes guardados para muchos años; repósate, come, bebe, regocíjate. Pero Dios le dijo: Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma; y lo que has previsto, ¿de quién será? Así es el que hace para sí tesoro, y no es rico para con Dios”.

¡Esto lo explica todo! La avaricia hace que el hombre amontone sobre la tierra tesoros que no necesita, en lugar de hacerse tesoros en los cielos para con Dios. La avaricia engaña al hombre respecto a sus valores. Éste da importancia a las cosas materiales y se pierde la bendición de vivir para Cristo y para los demás.

Cuando el que profesa ser cristiano tiene este pecado, es una plaga para el cristianismo. Ciertamente uno está engañado cuando vive en este pecado fatal de la avaricia, que se esconde bajo el evangelio falso del cristianismo carnal, diciendo: “Mi alma está asegurada porque he hecho una profesión de fe”.

Además, la avaricia es un pecado que condena al infierno porque ¡impide que la Palabra de Dios penetre el alma! Por su avaricia, el hombre sólo considera sus deseos en lugar de las necesidades de su alma, lo que enceguece los ojos de su entendimiento y cierra los oídos para no escuchar los derechos de Dios sobre él y su vida en el verdadero evangelio. A causa de que sólo piensa en sus propios intereses personales, hace oídos sordos para no escuchar los preceptos y los mandamientos de la Palabra de Dios que Dios ha dado para beneficio de la humanidad y para su propia gloria. En lugar de buscar de hecho primeramente “el reino de Dios y su justicia” (Mateo 6:33), corre tras el mundo, aferrándose y amando a las cosas del mundo.

Cegado por su naturaleza pecaminosa porque el poder del pecado no ha sido roto en su vida, no hace caso a las advertencias de la Palabra de Dios dadas para su beneficio y protección. Y pretendiendo ser religioso, en realidad rechaza el bien mayor (Dios) y escoge el mal mayor (el pecado), para su propia perdición.

Mientras sigue ciegamente sus propios deseos depravados, dice en su alma: “Soy salvo, pero tengo que hacer mi voluntad: Quiero tener a esa mujer o a ese hombre aunque tenga que quebrantar su matrimonio para que sea mío. Quiero mis placeres, mis bebidas, mi dinero, mi hogar, mi trabajo, mis deleites en esta vida, y, a mi propia manera, sean cual sean las consecuencias. Ésta es la esencia del mal y del corazón de cada hombre o mujer fuera de Cristo, aunque les digan que son cristianos carnales e irán al cielo debido a su profesión de fe.

La avaricia ciega al alma haciéndole creer una mentira, haciéndole pensar que está cumpliendo la voluntad de Dios y que tiene el derecho de hacer lo que le place. Así que, viviendo en este engaño, ¡le dice al Señor que no lo estorbe en su camino! Pero mi amigo, si Dios nunca te toca el alma con su misericordia, y te mueres en esta condición, estás condenado. ¡A pesar de lo que profesas ser, el infierno te recibirá a tu llegada! ¿Sabías esto? ¡Ojalá que Dios abra los ojos de cada uno que ha sido engañado, para que pueda ver y clamar a Dios a fin de romper el poder de la avaricia en su corazón y su vida! ¡Clama a Dios para que te rescate y te aplique su sangre preciosa por medio del poder de su Espíritu para purificar tu alma de este pecado! Dios es el único que te puede librar de él.

El hombre rico en Lucas 12

Volvamos a la parábola del agricultor en Lucas 12. Pregunto: ¿En qué radicaba el mal de este agricultor? ¿En que había prosperado? ¡Claro que no! La Biblia no condena en ninguna parte la prosperidad o las riquezas como tales. Dios nunca rechazó a Abraham, Job, ni a José de Arimatea por ser ricos y prósperos.

Entonces, ¿en qué radicaba el mal de este hombre rico? ¿Había adquirido sus bienes por medios ilícitos? No hay nada en esta parábola que así lo indique. Al contrario, da la impresión de que el hombre se había enriquecido por causa de las bendiciones de Dios sobre la obra de sus manos, causando que la tierra fuera tan fructífera que produjo abundantes cosechas.

El pasaje indica claramente lo que pasaba. El rico demostró que no se conocía a sí mismo. No se daba cuenta de que su cuerpo era mortal, que no le quedaba mucho tiempo de vida. Se dejó engañar por las riquezas, acerca de las cuales. nuestro Señor nos advierte en Mateo 13:22: “El afán de este siglo y el engaño de las riquezas ahogan la palabra y la hace infructuosa”.

Tampoco se daba cuenta de que los muchos bienes que le causaban alegría no podían satisfacer su alma. No tenía ningún bien para su alma, y en esto radica el pecado de la avaricia: busca los placeres y los deleites del cuerpo físico y no alimenta el alma. Leemos en Isaías 44:20 sobre el avaro: “De ceniza se alimenta, su corazón engañado le desvía, para que no libre su alma, ni diga, ¿no es pura mentira lo que tengo en mi mano derecha?” Amigo mío, si has previsto para el cuerpo, la mente, para tu familia y para todas tus necesidades materiales, te encuentras en un gran aprieto. Vives engañado en cuanto a la condición de tu alma, porque el alma es lo que sigue viviendo después de la muerte, y el cuerpo vuelve a la tierra donde lo comerán los gusanos mientras espera el día de la resurrección. Serás resucitado a la vida para gozarte de la vida eterna con Cristo para siempre, o serás resucitado a la condenación eterna (Juan 5:29), para ser arrojado de la presencia de Dios y pagar por tus pecados en el infierno para siempre.

“Porque, ¿qué le aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?” (Mateo 16:26). Ni tu pequeña profesión de fe ni tu evangelio cristiano carnal te van a ayudar en ese momento, porque Santiago 1:26 nos dice: “Si alguno se cree religioso entre vosotros, y no refrena su lengua, sino que engaña su corazón, la religión del tal es vana”.

Vemos entonces, que la avaricia es en realidad, la adoración al “yo”, la cual es la encarnación de todo mal. Porque el ego ha sido entronado en el corazón, todo lo que hay en la vida tiene que someterse a la gratificación de todos los deseos carnales y egoístas. El egoísmo es esencialmente: “Mi derecho a mi propio yo y a todo lo que hago para mi propio placer y para mi gloria: Yo, mí y mío”. ¡Eso es avaricia y codicia! En esencia lo que está diciendo es: “Estoy interesando únicamente en mí mismo, así que voy a conseguir lo que quiero, sin importarme cómo lo consigo, ni a quién perjudico, y sin importarme cómo miento y cuántas vidas destruyo, ¡voy a hacer lo que me da gusto y gana!” Puedes creer que puedes encubrirlo con un manto de religión, porque así es el corazón que se rebela contra Dios, pero si ese espíritu en ti no es quebrantado, ¡te irás al infierno sin esperanza y sin Dios! Joven, puede ser que te gloríes en tu juventud, y confíes en un futuro incierto, pero quiero que sepas que Dios ¡no te ha prometido, ni te debe, el día de mañana! Te podría decir ahora mismo lo que le dijo al rico: “Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma; y lo que has provisto, ¿de quién será?” No te puedes llevar nada, “porque nada trajimos a este mundo, y sin duda nada podremos sacar” (1 Timoteo 6:7). ¡Dos metros de tierra nos hace iguales a todos!

Enceguecido por su avaricia, el rico (a quien nuestro Señor llama “necio”) no era rico para con Dios, y, por lo tanto, cayó “en tentación y lazo, y en muchas codicias necias y dañosas”. Y debido a su amor pecaminoso por el dinero, el codiciarlo, lo hizo extraviarse “de la fe”, y fue traspasado “de muchos dolores” (1 Timoteo 6:9, 10). Fíjate cómo utilizó su tiempo para sí mismo, el cual Dios le había concedido a fin de que se preparara para la eternidad. ¡Qué cosa terrible es que el hombre no sea rico para con Dios! Esta es la peor pobreza que puedes sufrir, porque si no te estás haciendo tesoros en el cielo, “atesoras para ti mismo ira para el día de la ira” (Romanos 2:5). Si no estás en Cristo y no estás mandando tesoros al cielo por medio de su gracia, ¡recibirás la paga del pecado, que es la muerte eterna! (Romanos 6:23).Efectivamente, ¡tu alma es muy pobre si no sabes nada de las riquezas de la gracia de Dios tal cual se ofrece gratuitamente en el verdadero evangelio de Cristo, ni del poder de su gracia que puede vencer el pecado en el alma!

Ahogan la Palabra de Dios

¡Oh alma querida, puede ser que profeses ser salvo, y que asistas a la casa de Dios, pero no puedes escuchar la Palabra de Dios cuando se predica porque los sermones se mueren en tu corazón avariento! Es por eso que la avaricia es un pecado que condena tanto —impide que la Palabra de Dios se arraigue en el corazón. ¿Cómo? Estás presente físicamente, pero tu alma está dominada por el mundo y sus placeres, y estas pensando en cómo ganar más dinero —¡no quieres oír nada sobre una vida de renunciamiento, y, por consiguiente, tu alma no recibe ninguna bendición! Sigues adelante, preocupado y atareado, con la única expectativa del engaño de las riquezas y los placeres de esta vida. ¡No tienes tiempo para la Palabra de Dios! No tienes tiempo para meditar en la bondad y la gracia y la misericordia de Dios, quien te ha dado tiempo para arrepentirte. Te contentas con unas pocas lágrimas o unos pocos versículos de la Biblia; te contentas con dar unos pocos pesos y perder tu alma porque no estás dispuesto a quebrantarte delante de Dios y de negarte a ti mismo.

La parábola del sembrador dice de los oidores que son espinos (Mateo 13:22), que la semilla sembrada entre espinos se pierde por el afán de este mundo; y el engaño de las riquezas y los placeres de esta vida ahogan la palabra, de modo que el oidor es infructuoso. Sí, y este corazón avaro no hace más que prepararlo para el infierno. Por lo tanto, no importa qué profesa ser, sabemos que la avaricia le impide orar, creer y estudiar la Palabra de Dios, porque el avaro no puede vivir por fe. Confía en las cosas materiales y no en el Dios viviente quien nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos (1 Timoteo 6:17).

Aplicación

Si Dios te ha mostrado que esta es la condición de tu corazón, ¿Por qué no te arrodillas, arrepentido, delante de él ahora, rogándole que tenga de ti misericordia y te libre de este pecado que cierra el corazón contra Dios, contra tu prójimo y contra el ocuparte del destino de tu alma eterna? Clama contra este evangelio falso que te ha hecho creer que tu alma está en paz con Dios porque hiciste una profesión de fe, y que podías seguir en este pecado porque estabas a salvo aunque eras “un cristiano carnal”. ¡Dios te ayude! ¡Que tenga misericordia, que baje con poder y seguridad y obre en tu alma como sólo él puede hacerlo! Que obre con poder y eficacia para darte, por su gracia, un corazón que clame a él como nunca lo ha hecho: “Señor, ¡rompe el poder del pecado en mi vida!” ¡No lo sueltes, sigue clamando a él! Clama cada día: “!Oh, señor, no me dejes a mis propios recursos!

¡Sigue rompiendo el poder del pecado, dándome la victoria sobre él como lo prometiste en Romanos 6:14!” Así que, preséntale cada pecado a él y clama contra cada uno, para que lo borre por medio de su sangre y te libre con su poder, y te dé esa gracia que necesitas para poder acercarte a él con fe, encomendándole tu alma eterna. ¡Entonces encontrarás el verdadero evangelio, al Señor Jesucristo para ser tu todo en todo!


JULIO JULIO