“Amadores de sí mismos”

Escrito el 01/06/2026
IGLESIA CENTECRIV


Los afectos del profesante carnal del cristianismo son erróneos.

La Biblia enseña que son “amadores de sí mismos, avaros... amadores de los deleites más que de Dios” (2 Timoteo 3:2, 4).

Ahora bien, donde está el corazón del hombre, allí también estarán sus afectos (Mateo 6:21). Y cuando el corazón del hombre no ha sido liberado del amor al “yo”, su vida está llena de todos los demás pecados que hemos descrito anteriormente. Dios aborrece la avaricia, y nos libra de ella cuando nos da una vida nueva en Cristo Jesús. “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2 Corintios 5:17).

Una vida de negarse a sí mismo

La Palabra de Dios nos llama a una vida de renunciamiento, en la cual debemos poner “la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra” (Colosenses 3:2). Por lo tanto, debido a que nuestro Señor se oponía tanto a la avaricia, vemos en los Evangelios que advirtió muchas veces a sus seguidores que no fueran amadores de sí mismos. Tenemos que renunciar a nuestro propio camino y al amor del “yo”. Ahora, al considerar estos pasajes, te dejo decidir si el hombre cuya vida está controlada por este pecado puede acaso ser un hijo de Dios. ¿O es más bien un alma engañada, engañada por este evangelio falso del cristianismo carnal?

En Lucas 14:26, oímos a nuestro Señor pronunciar estas palabras alarmantes: “Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer e hijos, y hermanos y hermanas, y aun su propia vida, no puede ser mi discípulo”. Sí, eso es alarmante, pero son las palabras del Hijo eterno de Dios, y él no puede mentir. En otras palabras, está diciendo: “Comparando su amor por mí, seguirme en este presente mundo malo, entonces es como si un hombre odiara a su padre, madre, esposa, hijos, hermanos y hermanas, y sí, también a su propia vida” Pero, amigo, esta no es la única ocasión en que nuestro Señor habla de este modo.

 

En Mateo 16:24, 25, dice: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame. Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará”. ¡O sea que si procuro salvar mi vida negándome a hacer del renunciamiento una práctica de mi fe cristiana, lo voy a perder todo! En realidad, no he salvado nada, sino que perdí todo.

 

Pero si pierdo mi vida por causa de Cristo, y dejo de amarme a mí mismo más que a Dios, entonces conservaré mi vida para vida eterna. Vemos nuevamente en Juan 12:25: “El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará”. Bueno, sigue dándote todos los gustos, nunca renuncies a nada —haciendo lo que a ti te parece lo mejor para satisfacer los deseos de la carne, el deseo de los ojos y el orgullo de tu vida— y perderás esa vida que procuraste salvar y que amaste. En cambio, “el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará”.

 

Lo que nuestro Señor está diciendo aquí en estos pasajes y en muchos otros, es que no hay lugar en su reino para los “amadores de sí mismos”, porque su reino se compone de los que lo aman a él sobre todas las cosas, y se niegan a sí mismos. Lo repito: el que ama su vida más que a Cristo, la perderá; mas el que aborrece su vida en este mundo, prefiriendo el favor de Dios y mostrando más interés en Cristo que en su propia vida, la guardará para vida eterna.

 

El error de amarse a sí mismo

 

Además, vemos en estos pasajes la consecuencia final de un amor excesivo hacia la vida de uno, y de un amor excesivo por el “yo”. Es que demasiados se enamoran de sí mismos, y pierden su vida por causa de ese amor. El que ama su vida humana o sus pasiones tanto que satisface sus apetitos y los deseos de la carne, acortará sus días y perderá la vida que tanto estima. No heredará esa vida infinitamente mejor, que es la vida eterna con Cristo en gloria después de su muerte. El que está tan enamorado de la vida de este cuerpo y sus adornos y deleites hasta el punto de negar a Cristo, la perderá; o sea que perderá la verdadera felicidad en el mundo venidero, mientras procura asegurarse una felicidad ilusa en este mundo. Esto es lo que es tan fatal en este error de este evangelio falso del cristianismo carnal que ha producido este fruto de “amadores de sí mismos” o sea, el egoísmo.

Sostiene que vivimos en una era iluminada y que, por lo mismo, debemos amarnos a nosotros mismos, amar el dinero y los placeres porque, ¿acaso no vino Cristo para darnos una vida abundante, acaso no somos hijos del Rey y, por ser sus hijos, nos corresponde tener lo mejor de la vida? Sí, el Señor sí dijo que vino para dar vida y esta más abundante (Juan 10:10). Pero recuerda que vino para dar vida espiritual a su pueblo, la cual es una vida más abundante, no una vida de abundancia de cosas materiales que solo producen más amor al “yo” y más amor al dinero y a los placeres al punto de condenar nuestra alma. Si tu alma tiene una inclinación hacia estas cosas, mi querido amigo, ¡tus afectos son erróneos debido al pecado!

 

¡Dame tu atención! porque conozco los argumentos del profesante carnal que quiere seguir en sus pecados y vivir en los dos reinos al mismo tiempo. Son: “¿Acaso no nos dice Dios que amemos a nuestro prójimo como a nosotros mismos? ¿Y cómo puede uno amar a otro si no sabe amarse a sí mismo?” O dice: “Es sabido que a menos que uno aprenda a amarse correctamente a sí mismo, nunca aprenderá a amar a su prójimo”. No te dejes engañar por este razonamiento carnal, aunque te parezca razonable; porque las Escrituras no enseñan eso. La razón por la cual muchos se valen de este razonamiento carnal y tergiversan las palabras de nuestro bendito Señor en Mateo 22:34-40, pretendiendo que enseñan algo que no enseñó, no es para poder amar más a sus prójimos, sino para poder dedicarse más a los placeres y deleites de este mundo.

 

Si examinas bien la cuestión con un corazón sincero, verás que éste es el motivo. De este modo, pueden entregarse a sus apetitos carnales: ¡sus deseos de abrazar a otro hombre que no es su marido, o a otra mujer que no es su esposa, o abandonar sus obligaciones de familia, hijos y hogar, y vivir en un mundo donde ellos son el rey o la reina! Y se justifican diciendo: “Tengo que encontrarme a mí mismo, tengo que encontrar mis raíces. Tengo que tener autoestima y tengo que...” Efectivamente, creen que tienen que tener todo esto, y ¡también se llevarán todo eso al infierno! Pero lo triste de todo esto, ¡es que todavía se creen que son salvos! Todavía tienen apariencia de piedad, ¡pero sólo viven para sí mismos!

 

El ejemplo de Pablo

 

Quiero ahora darte un ejemplo bíblico de un alma que perdió su vida por Cristo, pero que en realidad la salvó. Es el ejemplo de la vida de Saulo de Tarso quien se convirtió en Pablo, el cristiano, el hijo de Dios, el misionero. Dijo: “Tenía mucho amor por mí mismo y autoestima, y confianza en la carne, pero las cosas que consideraba una ganancia para mí [este amor del “yo”, mi autoestima y confianza en la carne], eso los conté como pérdida por Cristo, Si, ciertamente, puedo contar todas las cosas como pérdidas para lograr la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor: por quien he sufrido la pérdida de todas las cosas [el amor por mí mismo, mi autoestima y mi confianza en la carne], por cuyo amor lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo, y ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia, que es la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que procede de Dios por la fe” (paráfrasis de Filipenses 3:4-9).

 

También en Romanos 7:9, el apóstol dijo: “Yo sin la ley vivía en un tiempo; pero venido el mandamiento, el pecado revivió y yo morí”... a mi egoísmo, mi autoestima y a mi confianza en la carne. Me estimé como nada más que un pecador que merecía el infierno, encontrándome bajo la ira justa de Dios. Y, mi amigo, el apóstol mantuvo esta actitud hacia sí mismo hasta su muerte. Porque aun después de su conversión se refería a sí mismo de esta manera: “Porque yo soy el más pequeño de los apóstoles” (1 Corintios 15:9), “A mí, que soy menos que el más pequeño de todos los santos, me fue dada esta gracia” (Efesios 3:8).

 

Además, se denominó el primero entre los pecadores (1 Timoteo 1:15), y admitió “nada soy” (2 Corintios 12:11). Aquí no vemos ningún egoísmo ni confianza en la carne, vemos a alguien que había aprendido muy bien la lección de la primera bienaventuranza: “Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos” —nada soy, no sé nada, de mí mismo no puedo hacer nada; así fue como el apóstol se fue viendo a sí mismo a medida que creía en la gracia de Dios. Vemos la verdad de Juan 12:25 ilustrada en Pablo, que antes fuera Saulo de Tarso: “El que ama su vida la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará”.

 

Aplicación

 

¿Te amas a ti mismo más que a Dios? ¿Está por las nubes tu autoestima, tu amor al “yo”, tu seguridad en ti mismo? Si es así, el ego es tu ídolo, y ningún idólatra puede entrar en el reino de los cielos (1 Corintios 6:9). Debemos huir de la idolatría (1 Corintios 10:14). Además, los verdaderos hijos de Dios “en espíritu sirven a Dios y se glorían en Cristo Jesús, no teniendo confianza en la carne” (Filipenses 3:3). Los “amadores de sí mismos más que de Dios” son el fruto de este evangelio del cristianismo carnal. Cristo dice: “El que no se niega a sí mismo y me sigue, no puede ser mi discípulo”. El verdadero evangelio de la gracia de Dios dice: “Bienaventurados los pobres en espíritu”. Y el hombre que es pobre en espíritu sabe que no es nada, que no tiene nada, que no sabe nada, que no puede hacer nada sin la gracia de Dios. Por lo tanto, no ama su propia vida, en cambio, la aborrece en este mundo para poder guardarla, por medio de la gracia de Dios, para toda la eternidad.

 


JUNIO JUNIO